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Tú no eres tóxicx, sólo estás invirtiendo mal tu energía vital

  • Foto del escritor: JUAN CARLOS  REZA BAZAN
    JUAN CARLOS REZA BAZAN
  • 19 mar
  • 3 Min. de lectura


Cuando estamos enamorados, una fuerza poderosa nos mueve: el deseo de que eso tan bonito que sentimos dure para siempre. Nos sentimos vivos, plenos, llenos de ganas de construir. Pero también, casi sin darnos cuenta, empezamos a temer que eso tan valioso se pueda perder. De pronto, el miedo a la pérdida, al abandono o al fin de la relación empieza a instalarse en un rincón de la mente.


El amor, como todo lo que nos gusta, despierta en nuestro cerebro circuitos adictivos: la dopamina nos impulsa a querer más, a buscar esa sensación de bienestar una y otra vez. Pero cuando la fantasía de que algo podría salir mal se apodera de nosotros, cometemos un error muy común: en lugar de expresar lo que sentimos o necesitamos, empezamos a invertir nuestra energía vital en intentar retener al otro a cualquier costo.


Y aquí es donde, muchas veces, nace esa conducta que etiquetamos —o que nos etiquetan— como "tóxica". Pero no se trata de ser una persona tóxica. Lo que realmente ocurre es que estamos malgastando nuestra fuerza vital, poniendo toda nuestra atención en pelear con fantasmas que sólo viven en nuestra cabeza.


Nos aferramos a la idea de que si vigilamos cada detalle, si detectamos a tiempo cualquier señal de desinterés, si cuestionamos, reclamamos o desconfiamos, lograremos evitar la pérdida. Pero detrás de todo eso hay una necesidad muy legítima: queremos que la relación perdure porque nos hace felices, porque amamos.


El problema no es sentir miedo. El verdadero reto está en aprender a expresar ese miedo de forma honesta y abierta, en lugar de disfrazarlo de enojo, de sospecha o de reproches. Imagina cuánto cambiaría la historia si, en lugar de ceder al impulso de controlar o reclamar, pudiéramos decirle a nuestra pareja: “Eres importante para mí, y a veces me da miedo perder esto tan bonito que estamos construyendo”. Qué distinto sería si permitiéramos que el otro viera nuestra vulnerabilidad, en lugar de actuar desde la defensa.


Porque cuando invertimos nuestra energía vital en defendernos de algo que aún no ha pasado, en pelear con escenarios catastróficos que sólo existen en nuestra mente, desgastamos lo que debería nutrir la relación: la conexión genuina, el amor y la confianza.


Con el tiempo, esas fantasías de pérdida que alimentamos día tras día pueden volverse profecías cumplidas. Y no porque el amor se haya acabado, sino porque dejamos de habitar el presente de la relación y nos instalamos a vivir en el miedo.


La verdadera clave está en aprender a expresar lo que necesitamos y sentimos, en vez de quedarnos atrapados en ese juego de luchar contra nuestros propios miedos. Ahí es donde dejamos de ser prisioneros de las fantasías catastróficas y empezamos a vivir el amor desde un lugar más sano y verdadero.


Cuidar nuestra salud mental también implica aprender a detectar esas fugas de energía que, poco a poco, terminan creando conflictos innecesarios en la pareja. Cada vez que te descubras atrapado en pensamientos catastróficos o reaccionando desde el miedo, pregúntate: ¿Estoy invirtiendo mi energía en construir o en desgastarme por algo que sólo existe en mi cabeza?


La forma en la que usamos nuestra energía vital impacta directamente en la calidad de nuestras relaciones y en nuestro bienestar emocional. No se trata de dejar de amar o de sentir miedo, sino de aprender a gestionar lo que sentimos y pedir lo que necesitamos sin lastimarnos ni lastimar al otro.


Cuidar de ti mismo es cuidar de la relación. Y cuidar de la relación es, en el fondo, apostar por una forma de amar más sana, consciente y libre de esos fantasmas que terminan robándonos la paz.




 
 
 

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